La sublimación del mármol
Camille Claudel
"Hay siempre algo de ausente que me atormenta"
Camille Claudel (1864-1943) es una extraordinaria escultora francesa, conocida sobre todo por su relación con A. Rodin, aunque su obra y su talento merecen ser reconocidos sin ninguna referencia a su mentor y amante. La sociedad de la época no veía con buenos ojos a las mujeres artistas y tuvo que luchar enormemente para que se la tomara en serio, aunque no pudo conseguirlo como hubiera sido deseable.
Tuve la suerte de conocer parte de su obra ya hace años, en una extraordinaria exposición que tuvo lugar en Madrid en 2008. Fue una muestra antológica que reunió cerca de 100 obras y que se organizó en conjunto con el Musée Rodin de París. Quedé profundamente impresionado tanto por la belleza de sus obras como por su biografía, siendo un ejemplo excelente de sublimación. Su vida es un testimonio crudo de cómo el genio artístico puede transformar el deseo, el dolor y la frustración en formas hermosas y tangibles.
Desde adolescente ya modelaba barro con una destreza asombrosa. Convenció a su padre para mudarse a París y estudiar en la Accademia Colarossi.
En 1883 conoce a Auguste Rodin, con quien mantuvo una relación compleja como alumna, modelo, amante y colaboradora esencial. Sus obras en este periodo, como Sakuntala o El Vals, capturan una tensión erótica y emocional que ella representaba en el mármol.
Hacia 1892, Camille intenta romper el vínculo con Rodin para ser reconocida por mérito propio. Es cuando crea La Edad Madura, una pieza desgarradora que representa el paso del tiempo y el abandono.
A pesar de su genio, la falta de apoyo financiero, el rechazo social y su creciente paranoia la llevaron al aislamiento.
Entre 1905 y 1913, los años previos a su internamiento, Camille tuvo varias crisis nerviosas graves. En esos episodios, veía su propio trabajo no como un logro, sino como un botín que sus enemigos querían robarle. Se cuenta que pasaba meses trabajando en piezas maravillosas para luego, en un estallido de furia y miedo, destrozarlas a martillazos. Algunas piezas de yeso o arcilla incluso terminaron quemadas o tiradas al alcantarillado. Se sabe que en uno de esos veranos llegó a destruir sistemáticamente todo lo que había en su taller del Quai de Bourbon. Se calcula que decenas de obras maestras desaparecieron para siempre bajo sus propios golpes.
En su mente, si la obra no existía, Rodin no podía copiarla y el estado no podría confiscarla. Era una forma radical de control: prefería que la obra muriera con ella antes de que otros se beneficiaran de su genio.
La mayoría de obras que conocemos hoy se salvaron porque ya habían sido fundidas en bronce por sus mecenas o estaban en manos de coleccionistas privados. Si hubiera dependido solo de lo que ella guardaba en su taller, probablemente hoy no sabríamos quién fue Camille Claudel. Cada obra que queda en el mundo es un milagro que escapó tanto de su martillo como del olvido al que la condenaron.
Tras la muerte de su padre, su único apoyo, su hermano, el escritor Paul Claudel, y su madre la internaron en un hospital psiquiátrico en 1913.
Pasó los últimos 30 años de su vida encerrada, sin volver a tocar el barro, en un entorno de abandono familiar total. Para su madre, la vida de Camille era una fuente constante de vergüenza, tanto por vivir como la amante de un hombre casado como por su estilo de vida bohemio. No fue a verla ninguna vez, y solicitó que no le permitieran visitas ni correspondencia, a pesar de que los médicos del hospital le enviaron cartas diciendo que estaba tranquila y que podría volver a casa. Tampoco su hermano parecía soportar su carácter indomable, aunque sí fue a visitarla alguna vez.
Cuando le quitaron la posibilidad de crear, la sublimación se detuvo. Sin el arte para canalizar su mente, el dolor se convirtió en el aislamiento y silencio total que marcó el final de su vida. Su arte fue el dique de contención que evitó que su psique se desbordara; cuando dejó de esculpir el colapso fue total.
Falleció en 1943 y fue enterrada en una fosa común, porque su familia no reclamó el cuerpo.
De sus obras, esos milagros que el destino nos permite disfrutar, es posible destacar las siguientes:
La edad madura, una obra maestra que representa su vida. Es un grupo escultórico que muestra a un hombre (Rodin) siendo arrastrado por una mujer vieja (la vejez o su otra amante, Rose Beuret) mientras una joven y suplicante mujer (Camille) de rodillas intenta retenerlo. Esta última imagen Camille también la presentó como pieza independiente, y la denominó La implorante: imagen pura de vulnerabilidad y la pérdida.
El vals es una obra muy bella y romántica. Representa a una pareja bailando en un abrazo tan estrecho que parecen fundirse.
Clotho (La Parca) donde la autora se aleja de la belleza convencional para explorar lo grotesco y el paso del tiempo. Representa a una de las parcas de la mitología griega, vieja y enredada en sus propios cabellos, que parecen telas de araña.
La abandonada, muestra el momento en que un hombre se arrodilla ante una mujer para pedirle perdón o abrazarla. Es una obra de ternura extrema, donde se siente la suavidad de la piel a pesar de ser mármol o bronce, según distintas versiones.
Las habladoras es una obra de pequeño formato pero fascinante. Son cuatro mujeres sentadas en un rincón, inclinadas las unas hacia las otras como si compartieran un secreto. Camille utilizó ónix para crear una especie de biombo detrás de ellas, jugando con la luz y los materiales de una forma muy moderna para su tiempo.
Camille demuestra trágicamente que el arte es el lenguaje del alma cuando las palabras o la realidad no bastan para contener lo que uno siente.
Camille tallaba su propia biografía, siendo capaz de hacer eterno lo perecedero:
"No la carne, que el tiempo la devora, sino el mármol, que es alma sin olvido; donde el deseo es luz y es armonía, y la muerte es tan solo una belleza."