Dogville: Resonancias del pesimismo

"Por nuestras virtudes es por lo que somos más castigados"

Nietzsche, Más allá del bien y del mal

Alguna de las películas de Lars von Trier ilustra el pesimismo en la esfera de la representación artística y se vincula con los temas de anteriores entradas en este blog. El pesimismo no es solo una teoría abstracta sobre la futilidad o el sufrimiento; es una experiencia emocional, social e incluso, cósmica.

El cine de Lars von Trier no busca consolar a nadie ni ofrecer soluciones; busca exponer la miseria humana, la crueldad inherente a la civilización y la indiferencia del universo. Es la representación de la idea de que la vida no vale la pena.

En la película Dogville (2003) destaca inicialmente una puesta en escena original, impactante, teatral y alegórica pensada para desmantelar la realidad. Llama la atención la ausencia de fronteras reales sustituidas por simples trazos en el suelo, que eliminan cualquier ilusión de privacidad y protección. Todo ocurre a vista de todos, la violencia o los abusos no son actos excepcionales ni ocultos sino prácticas normalizadas y socialmente aceptadas. Toda la comunidad sería responsable de lo que allí acontece.

Por otro lado, el hecho de que las fronteras sean líneas de tiza en el suelo, sugiere que las normas sociales son arbitrarias y frágiles, que las leyes pueden borrarse o redefinirse cuando conviene a quienes gozan de poder.

Esta minimalista puesta en escena sin paredes ni límites tangibles funciona también como un catalizador emocional. Al no haber barreras que oculten la intimidad de los habitantes, la película logra focalizar la atención exclusivamente en la naturaleza del conflicto humano, convirtiendo el espacio vacío en un escenario donde la crueldad de los personajes no tiene donde esconderse.

Este escenario es inicialmente un pueblo hospitalario donde llega la protagonista, Grace (interpretada por una excelente Nicole Kidman), pero que de forma gradual transforma la acogida en abuso, humillación y violencia. La película narra cómo la moral, la solidaridad y el perdón se degradan cuando se convierten en instrumentos de poder. Toda la ilusión de bondad humana queda anulada en Dogville. El mal no es representado como algo excepcional, sino colectivo, cotidiano y justificable.

Al final de la película aparece en escena el padre de la protagonista, un gánster que llega al pueblo a recogerla y ante el que ella inicialmente intenta defender a sus habitantes. Su venganza no nace de un impulso ciego sino de una reflexión intelectual que parte del diálogo con su padre. Será a partir de esta reflexión que concluirá, por respeto a la humanidad y a sí misma, que debe exigir responsabilidad a los habitantes que habrán de pagar por sus actos. Por el contrario, si insistiera en perdonarles constantemente sería asumir que nunca podrán alcanzar un mínimo desarrollo ético.

A partir de esa decisión ordena a los hombres de su padre que maten a todos los habitantes sin excepción, porque la culpa es colectiva. Interesante evolución de Grace que tras haber sido significante de la moral cristiana (compasión, perdón, paciencia) decide que Dogville no merece sobrevivir y que todos sus habitantes serán ejecutados y el pueblo borrado del mapa: cuando la moral fracasa la aniquilación parece la única repuesta coherente.

Llama la atención que el único superviviente de la aniquilación sea el perro. Aquel que representa la lealtad y una violencia en todo caso instintiva que no se oculta tras ningún discurso ético. Von Trier escenifica que no es el ser humano quien merece ser perdonado, sino aquello que está fuera de la humanidad. El amor al prójimo deja lugar a un perro que ladra.

Creo que Dogville es una representación del pesimismo moral y social del que hablara Schopenhauer. Es una demostración de la ausencia total de compasión. La virtud es, en esta película, una simple máscara que se usa hasta que la necesidad o la oportunidad la despojan.

Dogville desmantela la idea de la bondad inherentemente en la comunidad. La villa se va revelando como un sistema brutal, donde la inocencia de la protagonista es vista no como algo a proteger, sino como una debilidad a explotar, lo que justifica su juicio final y radical contra la humanidad: La civilización es inherentemente cruel.

En este sentido, parece obvia la crítica de esta película a la moral cristiana, que deviene insostenible y peligrosa. Grace (cuyo nombre significa Gracia) llega al pueblo como figura redentora, dispuesta a poner siempre la otra mejilla. Soporta abusos sin defenderse emulando la pasividad del mártir. Sin embargo, la película plantea que esta pasividad no detiene el mal sino que lo alimenta. El perdón que predica la moral cristiana no redime sino que perpetúa el abuso.

De alguna manera el final de la película representa el paso de la moral del nuevo testamento (Gracia/Jesús/perdón) a la del Antiguo Testamento, donde la purificación por el fuego recupera los relatos bíblicos de Sodoma y Gomorra (Dios/Justicia). La piedad cristiana sin límites solo permite que la maldad humana crezca sin límites.

La sombra vuelve siempre al mismo lugar. Crueldad.