Durero: el optimismo del ángel caído
Arte, melancolía y optimismo
"Mi alma es un cielo lúgubre, pero un cielo que esconde una estrella".
Alberto Durero, pintor del Renacimiento alemán, dibuja Melancolía I en 1514, siendo un grabado caracterizado por una iconografía compleja y un enorme simbolismo.
En el libro Saturno y la melancolía (1991) de R. Klibansky, E. Panofsky y F. Saxl, se realiza un exhaustivo análisis de este grabado, incluyendo sus antecedentes históricos, relacionados con la idea de la melancolía en su época y con la imagen de Saturno en la tradición literaria y pictórica.
Por mi parte quiero hacer un breve análisis semiótico del grabado porque representa con precisión la idea de "optimismo" que vengo desarrollando en este blog.
Propongo ver alguno de los elementos que lo componen, pensando que no son simples objetos dispersos, sino símbolos del conflicto del personaje central: el Ángel.
El ángel aparece sentado cavilando delante de su edificio inacabado, rodeado de los instrumentos de su trabajo creador. Su mirada perdida indica que realmente está mirando hacia su interior.
La mejilla apoyada en la mano, gesto antiquísimo que ya aparecía en los personajes de duelo de los relieves de sarcófagos egipcios, es muy frecuente en numerosas obras de arte y siempre se asocia a dolor y fatiga, aunque también puede significar pensamiento creador. Para mí, en este caso, es un gesto de meditación.
Una meditación si se quiere con algún tinte melancólico si atendemos a que sus alas están plegadas. Parece que en ellas hay mucho potencial pero de hecho están inactivas. Es la parálisis de quien espera hasta saber por dónde empezar o continuar la tarea.
La melancolía también se percibe en el desorden de las herramientas dispersas por el suelo, lejos de la idea que podemos hacernos de un cuadro ordenado con herramientas fáciles de encontrar para ser utilizadas cuando sea necesario; son un caos que no permiten manejar con orden ninguna tarea.
El perro dormido, medio muerto de hambre, encogido o agotado, enroscado sobre sí mismo, puede simbolizar la inactividad y el agotamiento vital que produce la depresión profunda. En realidad, al igual que las herramientas de carpintería y arquitectura esparcidas por el suelo sin ser usadas, el perro inmóvil refuerza la idea de que ni el instinto ni la razón pueden actuar en ese estado melancólico.
Pero existen otros elementos que, en mi opinión, sugieren distintas connotaciones. Por ejemplo, el compás que sostiene el ángel significa que no está totalmente inactivo: representa la geometría de la alegría de la que hablaba Spinoza. Es el pasaje desde un sentimiento caótico al entendimiento de las leyes de la naturaleza. Es como si el ángel estuviera "midiendo" su realidad para dejar de ser esclavo de ella.
El poliedro al lado del ángel es una enorme piedra tallada geométricamente que interpreto como la roca de Sísifo sublimada. El castigo de empujar la piedra se ha convertido en una obra de arquitectura. Como si el ángel hubiera decidido que ya que la piedra está allí, va a darle una forma perfecta.
El murciélago que sostiene el cartel del título es obviamente un animal de sombras; es el reino de la noche, del ocaso.
Pero de nuevo, la sombra no lo abarca todo ni es definitiva: un cometa choca contra el mar y un arcoíris cruza el cielo, produciendo cierto resplandor. Es la prueba visual de que la melancolía no es una oscuridad total, sino que puede ser el paso previo a la claridad.
Un reloj de arena que está a la mitad parece decir que el tiempo es limitado, incluyendo el tiempo de la creación.
Una balanza como símbolo de juicio y equilibrio, quizá en relación a que el melancólico, en su vertiente más obsesiva, siempre está pesando sus decisiones, evaluando en último término si su vida tiene un sentido.
Un cuadrado mágico de 4x4 sobre la cabeza del ángel es un prodigio de la aritmética y la simetría: tanto la suma de las columnas y filas, como de las diagonales, las cuatro esquinas o el cuadrado central, dan 34. Curiosamente las dos cifras centrales de la última fila, 1514, son el año de ejecución de la obra.
Más allá de este prodigio numérico, el simbolismo de este cuadrado en la época remite a un antídoto de Júpiter contra Saturno. Este cuadrado mágico pertenece a Júpiter, que es el planeta de la alegría y el éxito. Un "antídoto" que colocado con precisión en la cabeza del ángel pretende neutralizar la influencia de Saturno en el ánimo del personaje.
Una campanilla, como signo que llama al despertar. Uno espera que suene y saque al ángel de su ensimismamiento y devolverlo a la acción. A pesar de lo que pese el alma, el arte es el acto de levantar ese martillo y utilizarlo de la mejor manera posible.
En definitiva, al observar este grabado es fácil dejarse llevar por la sombra que habita el rostro del ángel. También es cierto que el propio título ayuda a percibir la melancolía que lo nombra. Sin embargo, un análisis más detenido de sus símbolos nos revela un punto de vista más optimista, o al menos más complejo por ambivalente. El poliedro tallado, el cuadro mágico, el arcoíris o el compás no son restos de un naufragio, sino las piezas de un cuerpo en pausa.
Creo que este grabado representa un momento crítico en la experiencia humana; ese instante en el que, abrumados por la complejidad del universo y nuestro propio dolor, podemos rendirnos al vacío, dejarnos caer. El grabado de Durero parece indicar que la aparente caída no tiene por qué ser definitiva sino que puede ser una pausa hacia cierta esperanza. El ángel aún no ha soltado el compás, todavía parece capaz de transformar su parálisis en una obra de arte. O quizá no...