Víctor Hugo con sus nietos Georges y Jeanne

“La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad, pero se vuelve sagrada cuando se convierte en el puente de los que vienen detrás.”

José Saramago

Victor Hugo publica en 1877 su poemario El arte de ser abuelo, dedicado e inspirado en sus nietos Georges y Jeanne, que fueron su mayor consuelo y alegría tras la muerte de sus hijos y de su esposa. El libro es una recopilación de poemas que celebran la cotidianidad con ellos y, al mismo tiempo, supone su testamento lírico puesto que en junio de 1878 sufriría una accidente cerebrovascular que ya solo le permitiría escribir poco y con mucha dificultad.

Los sentimientos que destaca Víctor Hugo contrastan con el estereotipo que uno pueda tener de un abuelo del siglo XIX, como figura distante y autoritaria. Para él, las emociones que definen su experiencia de ser abuelo pueden sintetizarse en las siguientes, atendiendo a sus propios versos:

Admiración

de su pureza, su vitalidad, su luz, su sonrisa, su conexión con las estrellas, su capacidad de mirar lo invisible, su sueño tranquilo.

“Jeanne habla y dice cosas que ni ella misma sabe;
Y Dios, el viejo abuelo, oye maravillado.”

La ternura

frente a la genialidad: el hombre que escribía sobre revoluciones y batallas épicas, aquí escribe sobre niños que rompen juguetes o tienen rabietas.

“Duerme; sus bellos ojos se reabrirán mañana;
mientras toma mi dedo con su mano en la sombra
yo leo, procurando que nada la despierte,
(…) Yo velo, nada temas. Espero a que te duermas.
No quiero que haya sueños que tengan sobre ti
formas feroces.”

La generosidad

convertida casi en una doctrina filosófica y una revolución silenciosa que incluiría la generosidad hacia los más desfavorecidos, la abolición del castigo y la entrega total de su propia persona.

“Creo en los niños como se cree en los apóstoles;
y al ver a esos amados seres sin amargura
y sin miedo anhelando las cosas de los cielos,
todas se las daría, si pudiese.”

La indulgencia

el autor confiesa de manera reiterada que, como abuelo, ya no tiene ningún interés en la disciplina; prefiere dejar que sus nietos hagan lo que quieran, incluso si eso significa desobedecer las reglas de los padres:

“De pronto su manita me suelta un buen cachete
-¡Ríñala usted, abuelo! ¡Le ha pegado un tortazo!
¡Y encima usted la mira más cariñosamente!
Y el abuelo contesta: -¡Ya no puedo reñir!”

“Dejad que todo se rompa, que todo se ensucie…
Yo solo quiero que el cielo de sus ojos no se nuble.”

La conexión generacional como continuidad

Víctor Hugo no solo escribe como un abuelo que mima a sus nietos, sino como un puente viviente entre el pasado, el presente y el futuro. Para un hombre que ya ve de cerca el final de su vida, sus nietos no son solo dos niños que juegan en el jardín; son su propia inmortalidad, la extensión de su sangre y la garantía de que su lucha por un mundo mejor continuará cuando él ya no esté. La pureza de los niños sería una forma de esperanza para el futuro de la humanidad.

“Ancianos, pero alegres, entre ufanos mocosos,
así vamos menguando con los nietos,
mientras vemos, tranquilos, volarse de las ramas
nuestras almas oscuras con esas almas claras.”

“Porque el alma del niño, que aún está dorada,
es como un resplandor lejano de los cielos,
y en el viejo rebrota la ternura al saber
que la mañana quiere mezclarse con la tarde.”

El placer del juego y de la fantasía

viendo el mundo a través de los ojos de un niño.

“El nacido que sale del misterio y la sombra
quiere ver en la tierra muchas cosas distintas;
una necesidad inmensa de sorpresa,
eso es toda la infancia (…)
que los rinocerontes y que los elefantes
se han hecho claramente para los niños chicos.”

Una alegría desbordante

que describe casi de forma física y espiritual. Victor Hugo ya ha vivido las mayores tragedias (la pérdida de cuatro de sus hijos, el exilio político y el peso de su propia fama) y valora la alegría que le transmiten sus nietos como su mayor refugio.

“(…) en tiempos tan ajados y a menudo tan negros
miro el alba que irradian las cunas y los nidos.”

El placer de la observación

apreciando la belleza de los gestos simples: una risa, un llanto, un sueño profundo.

“Cuando Jeanne sonría, soy
libre y no tengo más cadenas;
todo mi viejo horizonte de
sombra se ilumina;
el invierno se convierte en
mayo y mi alma se aquieta.”

El amor incondicional

como sentimiento que unifica, sostiene y eleva cada verso de esta obra. Sus nietos no tienen que hacer nada para merecer su amor, no necesitan ser perfectos, ni obedientes ni silenciosos. El simple hecho de existir los hace acreedores de su devoción absoluta.

“La hondura de los árboles revela que el edén
existe y que se juntan allí los corazones,
que todo es vano salvo los nidos y el amor.”

El arte de ser abuelo es un canto luminoso a la vida y la ternura. La mayoría de los poemas hablan de sentimientos como los descritos. Pero de forma minoritaria, aunque profunda y en mi opinión muy relevante para huir de idealismos simplistas, también se percibe el eco inevitable de la muerte y la pérdida. Ser abuelo es ser protector y cómplice, pero también ser testigo del tiempo.

“La cuna tiene un mañana, mientras que la vejez tiene un ayer.”

“Los niños son los únicos que saben cuánto vale un momento;
los viejos somos los únicos que sabemos cuánto vale un recuerdo.”

“(…) mientras vosotros corréis hacia el futuro,
yo no puedo evitar mirar hacia la noche.”

Victor Hugo escribe de una manera bella y conmovedora cómo los niños y los ancianos se igualan en su proximidad al más allá, a lo desconocido, al cielo, a Dios, unos que vienen del otro mundo y otros que regresan a él. Un espacio de enorme complejidad que despierta mil sentimientos de alegría y alguno de melancolía silenciosa:

“De allí venís, yo voy.”

O como dijera Simone de Beauvoir:

“El lazo que nos une a las generaciones futuras es un lazo de sangre y de tiempo: ellos crecen sobre la tierra que nosotros vamos dejando.”