Representación de tabla periódica, átomo y cadenas moleculares

“Todo termina pero recomienza,
y me interesa mucho ese proceso
infinito de rejuvenecerse,
vanamente eludido por la sombra.”

Víctor Hugo

La realidad material explicada por la ciencia es sumamente poética y asombrosa. Leo a Sam Kean(“La cuchara menguante”,2018)y me llama la atención el concepto de nucleosíntesis estelar que encaja a la perfección con la idea de inmortalidad racional sin recurrir a ningún tipo de misticismo.La inmortalidad no como persistencia de nuestra alma individual o nuestro ser, sino como permanencia indestructible de los elementos que nos construyen.

El título del libro alude al galio, metal que se funde a la temperatura del cuerpo humano. Si fabricas una cuchara de galio y remueves el té caliente, la cuchara “desaparece” ante tus ojos. Parece magia o un truco de ilusionismo, pero es simple termodinámica: el metal no ha dejado de existir, solo ha cambiado de estado disolviéndose en el líquido. Es una metáfora perfecta de nuestra propia vida: nos disolvemos, pero no desaparecemos.

La teoría del Big Bang de la década de 1930 afirmaba que lo que quiera que existiera hace catorce mil millones de años, contenía toda la materia del universo. A partir de 1939, a medida que los telescopios se volvieron más sofisticados, los datos demostraron que la mayoría de las estrellas jóvenes solo contienen hidrogeno y helio, mientras que las estrellas más antiguas contienen docenas de elementos. Por tanto, las estrellas deben de estar generando nuevos elementos a diario (no todo se creó en el Big Bang).

Es en la década de 1950 cuando surge la interesante teoría de la nucleosíntesis estelar, que es como una especie de teoría de la evolución para los elementos: Al parecer, el hidrógeno, el helio y un poco de litio nacieron con el Big Bang. Pero los átomos pesados que nos componen (el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbono de cada una de nuestras células) se fueron creando posteriormente a presiones y temperaturas inimaginables en el corazón de estrellas moribundas que explotaron (supernovas).

La explosión de una de esas sopernovas dio origen a nuestro sistema solar. En palabras de Sam Kean:“Hace unos 4600 millones de años, una supernova emitió un estampido sónico a través de una nube de polvo espacial con una anchura de unos veinticinco millones de kilómetros, que eran los restos de al menos dos estrellas anteriores. Las partículas de polvo se mezclaron con la supernova y crearon una nube inmensa. El centro de la nube se calentó hasta dar origen al sol, y los planetas se formaron a partir de los restos”. Pero no solo los planetas; esos restos también incluyen todo lo que nos rodea en este momento: libros, ordenadores, mesas, árboles, agua…TODO. Incluso nuestro propio cuerpo formó parte de una estrella.

En este sentido, y como decía Carl Sagan, y recuerda Kean en su libro, somos, literalmente, polvo de estrellas.

Nada de magia ni esoterismo, es conservación de la materia. Los átomos que hoy me permiten escribir, recordar el cine de Kurosawa o abrazar a mis seres queridos, pertenecieron antes a océanos primitivos, a dinosaurios o a cordilleras extintas.Nosotros somos los custodios temporales de esos elementos, nuestra vida es una arquitectura efímera hecha con ladrillos eternos.

Cuando ya no estemos, no habrá un vacío absoluto: nuestros átomos se desarmarán para volver al flujo del planeta, integrándose en nuevas formas de vida, en nuevos paisajes, en un árbol, una nube, o tal vez, en la mirada de las próximas generaciones. La ciencia nos regala una certeza potencialmente reconfortante: fuimos estrellas, somos testigos del mundo, y el universo jamás perderá un solo gramo de lo que fuimos.

La ciencia nos concede otras certezas que superan la imaginación. En este preciso momento, la probabilidad de que estés respirando un átomo del último suspiro de Julio César, o de cualquier persona del pasado, es cercana al 99%.

Cada vez que respiramos, inhalamos una cantidad astronómica de átomos y moléculas. Un solo suspiro humano contiene más moléculas que todos los granos de arena que hay en todas las playas de la Tierra juntas. Cuando alguien exhaló su último aliento hace dos mil años, esas moléculas de gas se liberaron a la atmósfera. Con el paso de los siglos, los vientos y las corrientes de aire globales han mezclado la atmósfera del planeta de manera completamente homogénea. Aunque la atmósfera de la Tierra es gigantesca, el número de moléculas que contiene es finito. Cuando haces la división matemática (las moléculas de un suspiro repartidas por toda la atmósfera del planeta), resulta que en cada porción de aire que cabe en tus pulmones hay, estadísticamente, al menos una o dos moléculas que formaron parte de aquel suspiro histórico.

En este sentido, hay que concluir que no hay fronteras en la materia: el nitrógeno de tu respiración actual pudo haber estado en los pulmones de un filósofo griego, en el rugido de un tiranosaurio, en el aire que respiró Víctor Hugo al ver nacer a sus nietos, o en el del primer ser humano que encendió un fuego.

Muchas religiones hablan de “aliento divino” o del espíritu para explicar la vida. El verdadero aliento universal es la atmósfera terrestre, un océano de gases compartidos que todos los seres vivos de la Historia hemos inhalado, transformado y devuelto al ciclo.Respirar es, en el sentido más estrictamente físico, comulgar con la Historia de la vida en la Tierra. Compartimos el mismo aliento que los que ya se fueron, igual que las generaciones futuras heredarán el aire que hoy nos sostiene.

“Volver a la materia que nos dio,
ser tierra, aire, polvo, viento,
nada, ser el olvido del que nos
formamos, y ser parte otra vez
del universo.”

Idea Vilariño