Ikiru
Vivir
“No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho” (Séneca)
Ikiru es una obra maestra de Akira Kurosawa rodada en 1952. Relata la historia de Kanji Watanabe, un viejo funcionario que lleva una vida monótona y gris, de la que no parece ser consciente hasta que un día le diagnostican un cáncer incurable de estómago.
Me gustaría esbozar una breve reflexión sobre esta película incluyéndolo en el análisis sobre el optimismo que vengo planteando. Diferencio cuatro momentos significantes en su desarrollo.
1. La parálisis del burócrata.
El texto de la película califica inicialmente a su protagonista como muerto en vida, obsesivo de un mismo trabajo rutinario durante 30 años. De hecho, el mote que le ponen los empleados, aunque el espectador no puede saberlo inicialmente, es el de momia.
2. El despertar ante el abismo.
Tras el diagnóstico médico Watanabe inicia una valoración de su vida: piensa en la muerte prematura de su mujer, con un hijo pequeño, y en su negativa a casarse de nuevo como le recomendaban para rehacer su vida. Repasa la relación con su hijo, valorando su deseo y disfrute en la paternidad que no se ha visto correspondido con la distancia y hostilidad que el hijo le dispensa. De hecho parece que el hijo solo tiene interés en heredar y no muestra ningún cariño ni empatía hacia él.
Decide dejar de trabajar sin decir nada a su familia ni notificarlo en su oficina de burócratas.
Piensa en el suicidio y de hecho bebe compulsivamente a pesar del cáncer de estómago diagnosticado. Conoce a un hombre en un bar a quien le confiesa que quiere gastarse todo su dinero en una buena juerga pero que no sabe cómo ni dónde hacerlo. El desconocido le acompaña a gastar ese dinero, como una especie de Virgilio facilitando el tránsito del personaje hacia universos de placer: locales de juego, clubs de música, alcohol, baile, mujeres…En uno de estos locales, Watanabe canta una canción melancólica sobre la brevedad de la vida y la necesidad de aprovecharla.
Al día siguiente se encuentra con una joven empleada de él con la que irá entablando una relación de amistad que el entorno valorará como origen de su conducta extraña y errática. En realidad, Watanabe se siente muy atraído hacia ella porque representa todo lo que él no ha podido valorar ni disfrutar en su vida: la felicidad de lo cotidiano, el disfrute de las pequeñas cosas, la alegría del encuentro, la vitalidad.
El personaje afirma que envidia esa juventud y vitalidad porque le gustaría vivir así aunque solo fuera un día antes de morirse. Siente que quiere hacer algo pero no sabe qué hacer: “Por favor enséñeme a vivir como usted”.
3. La redención por la acción.
A partir de ese momento Watanabe parece tener una “revelación” y sale corriendo pensando que no es tarde si realmente sabe qué quiere hacer.
Vuelve al trabajo con una actitud muy distinta, con la determinación de hacer las cosas bien, con el propósito de solucionar las demandas de los ciudadanos sin enviarles infinitamente de una ventanilla a otra como hacía antes.
Con esta determinación conseguirá que se ponga en marcha un parque infantil en la ciudad, donde posteriormente morirá. Un parque de juego infantil, de vida, donde antes había un vertedero de aguas residuales infecto y abandonado, un pozo de agua estancada y basura en mitad de un barrio humilde.
A su velatorio acuden ciudadanos sinceramente emocionados y agradecidos de que alguien finalmente escuchara realmente sus demandas, mientras políticos y burócratas intentan atribuirse méritos que no les corresponden en la construcción de ese parque.
4. La resonancia y el olvido.
Watanabe muere en el columpio del parque infantil cantando la canción que cantara anteriormente sobre el paso del tiempo. Pero muere sintiendo que algo valió la pena.
Al final de la película el parque está construido y habitado por la infancia, aunque en la oficina de Watanabe se sigue reproduciendo la burocracia gris y monótona como al principio del relato: encontrar cierto sentido a la vida no evita que las estructuras político-administrativas se mantengan.
A veces es necesario que la muerte nos mire a los ojos para que nosotros, por primera vez, nos atrevamos a mirar la vida.
Watanabe consigue unir su final al principio de otros. Es la urgencia de dejar una huella en la ceniza. El protagonista entendió que la vida no se mide por su duración, sino por la intensidad con la que somos capaces de empujar el columpio contra la gravedad del olvido.
Porque vivir, al final, no es más que eso: ser, y que eso baste.
“Ser, nada más. Y basta.
Es la absoluta dicha.
¡Con la esencia en silencio
tanto se identifica!”