Melancolía: Resonancias del pesimismo

“Aquel que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”

F. Nietzsche, “Más allá del bien y del mal”

Si en la película Dogville (2003) Lars von Trier describe a una comunidad, a la sociedad en su globalidad pudiera decirse, en Melancolía (2011) cambia el foco a la existencia en sí misma, representando un pesimismo existencial próximo al concepto budista de impermanencia.

La película está dividida en dos actos, centrada en dos hermanas que enfrentan su vida y el fin del mundo de maneras opuestas, mientras un gigantesco planeta errante llamado Melancolía se encamina hacia una colisión inminente e inevitable con la Tierra.

Parte I: Justine

La historia comienza con la fastuosa celebración de la boda de Justine (excelente actuación de Kirsten Dunst) en una mansión aislada. A pesar de los esfuerzos de su hermana Claire por mantener las apariencias y cierta imagen de felicidad, Justine no puede disfrutar de la celebración y se sumerge en un estado depresivo severo. La celebración se desmorona ante la incapacidad de la protagonista para participar en las convenciones sociales y el optimismo forzado de los invitados. El pesimismo es en esta parte una dolencia individual, significante de una parálisis ante la falta de sentido de la vida cotidiana. Aunque este padecimiento subjetivo se vincula con claridad a la ineficacia de otros personajes significativos para sostener su deseo (madre amargada, fría y emocionalmente distante; padre periférico y abandónico; marido incapaz de conectar real y eficazmente con ella).

Parte II: Claire

El foco de la película se traslada a Claire (Charlotte Gainsbourg) quien observa con creciente terror cómo el planeta Melancolía se acerca, mientras su esposo John (Kiefer Sutherland) intenta racionalizar la situación con datos científicos y promesas de seguridad. Mientras tanto, Justine, sumida en un estado de aceptación nihilista, parece renacer o encontrar una calma extraña ante la tragedia.

La película culmina con una danza orbital donde la vulnerabilidad humana queda expuesta frente a la escala cósmica.

La película representa el fin del mundo más como alivio que como tragedia, siendo además, en mi opinión, una de las representaciones más bellas del cine contemporáneo. Lo que plantea es un fin inevitable: El planeta Melancolía, un símbolo literal de la depresión y la inminente catástrofe cósmica, lleva al pesimismo a su conclusión lógica: la aniquilación total. La “cueva mágica” como refugio simbólico que construyen al final, subraya la inutilidad de cualquier protección física contra la nada, igual que fracasa el optimismo racionalista frente a lo inevitable representado por John.

La película parece dar la razón a Justine como personaje depresivo, opuesto a su optimista hermana Claire que se desmorona ante al realidad. Justine ya ha abrazado el vacío y encuentra una extraña paz y claridad en la inminencia del fin, probablemente al estar identificada con ese gigantesco planeta Melancolía que engulle a la minúscula, insignificante e ilusoria Tierra.

Su depresión parece ser, paradójicamente, una visión lúcida de la verdad cósmica enfrentada a la farsa social. En este sentido, el pesimismo sería una forma de iluminación oscura, una serenidad asociada a la aceptación del vacío, a la imposibilidad de encontrar un sentido. Para este director la humanidad no merece ser salvada, la verdad está del lado del silencio, la retirada o la destrucción. De ahí su posible vinculación con el pensamiento de filósofos aludidos anteriormente en este blog como Schopenhauer, Ciorán o Nietzsche.

En mi opinión Von Trier utiliza el drama, el simbolismo y la belleza estética para ofrecer la representación más cruda y radical del pesimismo en el cine contemporáneo.

La sombra vuelve siempre al mismo lugar. Fin.