Perfect Days
La ética de la repetición
“La felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace.” (Jean-Paul Sarre)
Si el ángel de Wings of Desire (1987) quería caer a la tierra, Hirayama (el protagonista de Perfect Days, 2023) parece encarnar a ese ángel que ya ha aprendido a vivir en ella. Es interesante conectar las dos películas de este extraordinario director, porque de alguna manera Win Wenders da respuesta en la segunda a la pregunta que abrió en la primera: ¿Cómo justificar la existencia humana sabiendo que implica dolor, pérdida, finitud y separación? Una vez adoptada la condición humana, ¿cómo se vive realmente?
Quiero hacer un breve comentario semiótico y psicoanalítico de esta película, en continuidad al análisis de Wings of desire, descrito en la anterior entrada de este blog.
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Análisis semiótico: signos de una vida aparentemente vacía.
Win Wendeers construye un sentido no mediante grandes diálogos sino mediante sistemas de signos repetidos.
La rutina como lenguaje.
La película muestra una estructura repetitiva: despertar, doblar el futón, regar las plantas, comprar café, limpia baños, escuchar casetes, fotografiar árboles. Cada repetición cambia ligeramente y su sentido no está en ninguna de ellas aislada, sino en la diferencia entre repeticiones y la estructura global de todas ellas.
La película va convirtiendo actos cotidianos en rituales, que producen un significado simbólico: orden, control, identidad y pertenencia.
Los baños públicos.
Los baños públicos tienen una enorme carga simbólica como espacios de lo corporal, lo impuro, lo desechable, lo anónimo. Sin embargo, Hirayama los trata como templos: lo sucio se vuelve bello y el trabajo invisible adquiere dignidad estética.
Los árboles y las fotos.
Las fotos de árboles es un sistema simbólico muy destacado en esta película: aparecen como tiempo, cambio, permanencia, luz filtrada y memoria.
Hirayama fotografía siempre lo mismo, pero nunca es lo mismo: cambia la luz, el encuadre, él mismo.
La música en casete.
Las canciones antiguas funcionan como cápsulas de memoria y subjetividad. Especialmente la canción Perfect Day, que dialoga irónicamente con el título de la película. ¿Qué es un día perfecto? No un día extraordinario ni especialmente productivo o exitoso. Un día perfecto sería un día con presencia, ritmo, continuidad y pequeños placeres.
La música analógica quizá también simbolice cierta resistencia frente al tiempo digital tan acelerado.
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Lectura psicoanalítica.
La repetición como defensa.
Hirayama parece generalmente tranquilo pero su conducta también indica una estructura defensiva muy elaborada. Defensa que organiza la vida de forma obsesivamente estable: mismos horarios, mismos recorridos, mismos objetos, mínima improvisación. Toda una cadena significante que pretende estabilizar al sujeto.
Todo ello sería una defensa contra cierto deseo o dolor relacional que la película no quiere precisar, porque nunca explica completamente su pasado. Las “pistas” que va proponiendo su texto (la hermana, la sobrina, el nivel cultura de Hirayama, la distancia con su familia, el comentario sobre el padre) sugieren una ruptura traumática con una clase social alta o emocionalmente fría. Como si el personaje hubiera desertado de cierto orden simbólico familiar, renunciando al prestigio o al éxito social.
El rostro final.
El rostro de Hirayama en el auto es una oscilación que destruye cualquier lectura simplista de esta película. Hirayama (excelente interpretación de Koji Yakusho) sonríe, luego parece quebrarse, luego llora, luego vuelve a contenerse.
Es imposible saber si es feliz o si está devastado, si aceptó su vida o apenas logra sostenerla. Es imposible una síntesis tranquilizadora, un final feliz, un “superó el trauma” o “está curado”. La película no pretende dar fáciles consejos de cómo vivir bien: la tranquilidad y la simplicidad son la respuesta, o sonreír como ser de luz y atender plenamente a cada respiración. No muestra ninguna plenitud sino una forma frágil, bella y melancólica de no colapsar.
Este final sugiere que la estabilidad ritual nunca elimina completamente la falta interior: sólo permite convivir con ella.
Perfect Days muestra cómo un sujeto herido construye una ética estética de la repetición para hacer habitable la existencia.
La vida humana no puede permanecer instalada en un optimismo permanente ni simplista. Simplemente aprendemos, a veces, a convivir mejor con nuestras contradicciones. Quizá eso sea madurar. Quizá eso sea resistir. Quizá eso sea vivir.
La luz no parpadea,
el tiempo se vacía de minutos,
un sumiso brotar de
sensaciones
sube de las raíces de la tierra”