Poliamor-es

La historia de la humanidad es testigo de que la sexualidad humana admite numerosas versiones, sin que el instinto garantice una única presentación ni excluya otras. Esta realidad se ha hecho especialmente visible en los últimos años, cuando amplios sectores de la población manifiestan sin disimulo y sin temor a represalias orientaciones sexuales diversas: heterosexuales, homosexuales, bisexuales, demisexuales, asexuales y otras muchas. La complejidad de la sexualidad humana es aún mayor si se considera que cada una de estas orientaciones puede concretarse en prácticas distintas.

Dentro de esas prácticas, una que me ha llamado la atención por motivos profesionales es el poliamor, una tendencia conocida desde hace muchos años pero popularizada como término en las últimas décadas.

El poliamor alude a mantener más de una relación íntima, afectiva, sexual y duradera de manera simultánea con varias personas, con el conocimiento y el consentimiento de todos los implicados. La persona que se considera capaz de este tipo de vínculos se define a sí misma como poliamorosa.

En ocasiones se usa el término para referirse, de forma amplia, a relaciones no exclusivas. Sin embargo, esa generalización no cuenta con consenso, porque puede desvirtuar la filosofía básica del poliamor.

En este sentido, quienes defienden esta práctica subrayan que se trata de una opción ética y transparente, compatible con cualquier orientación sexual. La idea central es que la exclusividad no es imprescindible para sostener una relación amorosa profunda y comprometida.

El poliamor puede relacionarse con expresiones como relaciones polígamas, matrimonio abierto, polifidelidad o matrimonio grupal, donde se reivindican valores como la fidelidad, la transparencia y el respeto.

No obstante, también hay personas que se presentan como poliamorosas sin que sus actitudes, motivaciones o prácticas encajen realmente con ese marco. Por eso conviene diferenciarlo con claridad de otras experiencias como las relaciones sexuales sin compromiso, las orgías anónimas o los intercambios de pareja.

Las personas que se perciben como poliamorosas y desean actuar en consecuencia pueden encontrar dificultades importantes, ya que esta práctica exige afrontar los celos, la posesividad y numerosos límites culturales.

Otra de las prácticas que últimamente me ha llamado la atención es la llamada ecosexualidad. Esta tendencia, con más de una década de recorrido, nació en Australia como un movimiento vinculado al arte y al activismo ecologista. Sus principales referentes son las artistas Annie Sprinkle y Elizabeth Stephens, conocidas por sus bodas simbólicas con la tierra y por promover ceremonias que unen a las personas con el cielo, el mar, la luna o el sol.

La propuesta básica de este movimiento es conectarse con la tierra a través del sexo. No se trata solo de una inclinación sensual hacia la naturaleza, sino de un cambio de paradigma: pasar de la idea de la madre tierra a la idea de la tierra como amante, con el objetivo último de cuidarla y salvarla.

Algunas personas defienden la ecosexualidad como una identidad que abarcaría prácticas muy diversas, desde una sexualidad más meditativa hasta formas de intensificar todos los sentidos en conexión erótica y sensual con la naturaleza: abrazar árboles, degustar flores, nadar desnudos o experimentar con texturas y elementos naturales.

Parece ser que cada vez hay más seguidores ecosexuales que realizan sus propios votos de amor con la naturaleza.

Lo que más me llama la atención en todo este tema es la enorme variedad de orientaciones y prácticas sexuales que pueden darse en los seres humanos, más allá de las consideraciones morales o psicopatológicas que algunas susciten. Esa multiplicidad parece confirmar que no existe un camino hacia el goce fijado biológicamente. No hay nada que garantice una unión instintiva, plena y única entre los seres humanos.

Tanta búsqueda sexual, incansable y múltiple, permite repensar la conocida formulación del psicoanalista francés J. Lacan cuando afirmaba que “la relación sexual no existe”. Como si, cualquiera que fuese la búsqueda de cada cual y sean cuales sean sus prácticas, la insatisfacción estuviera siempre garantizada.

Quizá algo de esto ya intuía el poeta Gaspar Gil Polo en el siglo XVI cuando escribió lo siguiente sobre el amor:

No es ciego Amor, mas yo lo soy, que guío
mi voluntad camino del tormento;
no es niño Amor, mas yo, que en un momento
espero y tengo miedo, lloro y río.
Nombrar llamas de Amor es desvarío,
su fuego es el ardiente y vivo intento;
sus alas son mi altivo pensamiento
y la esperanza vana en que me fío.
No tiene Amor cadenas ni saetas
para prender y herir libres y sanos,
que en él no hay más poder del que le damos.
Porque es Amor mentira de poetas,
sueño de locos, ídolo de vanos:
¡mirad qué negro dios el que adoramos!

Gaspar Gil Polo