¿Puede repararse un apego disfuncional?
Apego y cambio.

“No es sueño la vida.
(…) no hay olvido ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre los hombros.”
(F. García Lorca)
Describíamos en la anterior entrada de este blog la correlación de distintos patrones de apego con diferentes patologías, así como la constatación de la repetición transgeneracional de dichos patrones. Pudiera parecer en este sentido que existe cierto determinismo, que somos prisioneros de nuestra propia infancia y, sin embargo, el apego aprendido sugiere probabilidades pero no implica una condena sin salida.
Por un lado, el apego aprendido no es determinante porque no es la única variable que incide en el crecimiento humano, por más que cada vez se enfatice más su importancia. Por otro lado, tampoco sería definitivo porque es posible su modificación con distintas intervenciones profesionales. De ahí la importancia de procesos de intervención psicosocioeducativos enfocados desde la teoría del apego.
Son múltiples las diferencias que se vienen investigando entre menores que hayan tenido distintos tipos de apego. Así, por ejemplo, se aprecian diferencias significativas en habilidades sociales, procesos cognitivos de atención y memoria, competencia lingüística, manejo de las relaciones sociales, recursos para una adecuada regulación emocional, impulsividad, dificultades de tipo emocional e incluso en la estructuración de áreas y conexiones encefálicas.
Alguna de estas diferencias son expuestas con claridad por J. L. Pedreira Mass, G. Lahera Forteza y E. Sardinero García en “Aplicación de la teoría del apego a la psicoterapia de niños y adolescentes: algunas consideraciones” (2017).
Estos autores describen cómo las madres con apego seguro tienen más oxitocina (OXT) circulante que aquellas con apego inseguro y promueven mejores apegos que el resto: “(…) con más niveles de OXT en la madre existe un mayor desarrollo cerebral del bebé (…) lo que conduce a una mayor capacidad de apego y mayor conducta de maternaje en la vida adulta”.
Al mismo tiempo, la OXT es conocida como la hormona de la moral porque incrementa la conducta prosocial, la confianza en el otro, así como la empatía y la generosidad. Se sabe que la OXT está disminuida en el plasma de los menores diagnosticados de autismo, también en la esquizofrenia o en los cuadros de depresión. Asimismo, las personas con antecedentes de abuso y maltrato presentan menores niveles plasmáticos de OXT.
Todo ello apunta a una parte de la base neurofisiológica que sustenta que los niños maltratados presenten generalmente déficits en cognición social, regulación emocional, procesos de atención y memoria, dificultades sociales o problemas con el lenguaje.
Parece claro, por tanto, que los déficits de apego generan procesos neurofisiológicos muy relevantes; procesos que con frecuencia están codeterminados por la violencia, la pobreza y la falta de afecto; procesos que condicionan tanto la estructuración psicológica de los menores como su anatomía y su mundo relacional en general.
Estos descubrimientos debieran ser trascendentes para políticas sociales eficaces que incluyeran la necesidad de valorar en su justa medida la importancia de profesionales que pueden colaborar en la creación reparadora tanto de otros contextos comunitarios como de otras pautas familiares de relación. En mi opinión, profesionales de la psicología, el trabajo social y la educación social serían especialmente relevantes en este contexto.
En definitiva, es cierto que los diferentes tipos de apego vinculados a precisas condiciones de vida generan mayor o menor vulnerabilidad a presentar distintas psicopatologías. Pero también lo es la constatación de que cualquier patrón relacional es parcialmente reversible si se implementan intervenciones adecuadas.
Cabe preguntarse, por tanto, qué tipo de intervenciones pueden generar cambios en los patrones de apego disfuncional. En este sentido, es posible destacar los cuatro puntos que ya describiera Bowlby (1988) como base de la eficacia de una psicoterapia basada en el apego:
- Crear un clima de seguridad en el contexto terapéutico.
- Explorar la relación del individuo con los demás a partir de sus modelos representacionales.
- Relacionar las dificultades en las relaciones actuales con las dificultades previas en el apego.
- Promover experiencias emocionales correctivas en el paciente.
Un proceso de intervención terapéutica basado en estas premisas cuenta con una verificación en la neurobiología interpersonal, que estudia el poder de las relaciones interpersonales para moldear el cerebro así como la capacidad de éste para moldear las relaciones. Los procesos interpersonales en psicoterapia ayudan al cambio de funciones cerebrales y de su estructura a través de la creación de una mayor integración neuronal y de un apego más seguro.
En este sentido, el vínculo con el profesional tiene el potencial de generar nuevos modelos de regulación afectiva y de pensamiento, incrementando una actitud reflexiva ante la experiencia. Cuanto más pueda incrementarse la función mentalizadora, más se ampliará la resiliencia, la seguridad y la posibilidad de una mayor adaptación activa a la realidad.
Precisamente, siguiendo en este punto a Fonagy, consideramos que si la psicoterapia funciona es porque genera “un vínculo de apego seguro en el que se pueden desarrollar las capacidades de mentalización y regulación del afecto del paciente” (D. J. Wallin, 2012).
En definitiva, gracias a los hallazgos de plasticidad neuronal sabemos que el cerebro puede remodelarse mediante la experiencia actual, estableciendo nuevas conexiones neuronales y alterando su estructura física. Esto puede alentar a todos los profesionales que atendemos a personas desde distintos ámbitos de intervención, en tanto que siempre habrá algo nuevo por construir con las personas con las que interactuemos, por más que en ocasiones los diagnósticos que las precedan sean muy pesimistas.