Tecnología: El Último Hombre

"Hemos inventado la felicidad –dicen los últimos hombres, y parpadean."

F. Nietzsche, Así habló Zaratustra

Qué feliz hubiera sido el Último Hombre del que hablara Nietzsche en “Así habló Zaratustra” (1883) si hubiera conocido la IA. De hecho, la IA sería la herramienta definitiva de ese hombre que ya no quiere escribir ni crear ni pensar, porque tiene una máquina que lo hace por él a cambio de su voluntad. Ese hombre que busca la comodidad total, el fin del esfuerzo, la felicidad plena, y que rechaza todo riesgo. Ese hombre reclamado con entusiasmo por la multitud:

“¡Danos ese último hombre, oh Zaratustra! ¡Haznos semejantes a esos últimos hombres! ¡Te regalamos el Superhombre!"

La distopía consumada que habitamos no fue presentida sólo por Nietzsche sino que ya fue advertida por obras maestras de la ciencia ficción: 1984 (Orwell, 1949), Un mundo feliz (Huxley, 1932), Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953), 2001: Una odisea del espacio (Kubrick, 1968), The Matrix (hermanas Wachowski, 1999), Black mirror (Brooker, 2011).

Y eso presentido y advertido ya está aquí: inteligencia sin vida conviviendo con rebaños digitales. La tecnología moderna está deshumanizando o vaciando de significado la experiencia humana, haciendo que el pesimismo sea una respuesta lógica. La IA y la automatización de procesos están llevando a la obsolescencia de habilidades y roles, obligando al individuo a enfrentar su falta de necesidad. La tecnología nos vuelve autómatas al delegar nuestra capacidad de pensar en los algoritmos. Se presiente así la optimización de todo proceso, el fin de los fallos humanos, el ocaso del esfuerzo, la muerte de ese tipo de cosas que dan significado a la vida.

Por otro lado, el dopaje constante que muchas personas buscan en las redes sociales y los videojuegos como una distracción temporal del vacío existencial (una versión moderna del “pan y circo”), generan numerosos efectos de malestar depresivo que se observa en amplios sectores de la población. Personas que perciben un abismo insalvable entre la vida en la pantalla y fuera de ella. Navegando por las redes encuentran vértigo, luz, ausencia de demora, aparente e inmediata satisfacción. Pero cuando salen a la calle, si es que pueden dejar de mirar sus smartphones, se encuentran con que el mundo tiene otro color y ciertas reglas. Se encuentran con que hace falta un tiempo y algún esfuerzo para conseguir las cosas, incluso para desplazarse por el espacio hacia cualquier encuentro o actividad. Y eso puede ser excesivamente gris, frustrante e insoportable.

Por otro lado, se va extendiendo en la población un miedo a que un sistema automatizado pueda cometer un error que pudiera desencadenar un conflicto catastrófico. En este sentido el espectacular desarrollo de la IA militar es un tema a tener presente.

Otro aspecto preocupante del imparable avance tecnológico es la manipulación de la percepción de la que todos somos objeto. Las noticias falsas potenciadas por IA y por ejércitos de periodistas y comunicadores en general sometidos a cualquier ideología, provocan que cada vez sea más difícil saber qué es real, llevando a un pesimismo epistémico radical. Todo ello dependiendo además de políticos sin muchos escrúpulos que hacen bandera de la mentira, psicotizando a una población cada vez más aturdida y harta de tantas incongruencias, contradicciones, abusos de poder y mil versiones de corrupción.

Finalmente, quiero destacar otro aspecto que me parece de especial relevancia. Es innegable que las innovaciones tecnológicas magnifican —y van a seguir haciéndolo— las desigualdades sociales, creando una nueva clase de marginados y confirmando que la miseria humana es estructural.

El ser humano es una especie en ruinas capaz de avances tecnológicos enormes que le exceden, en manos de dirigentes ineficaces, ignorantes o ruines. ¿Qué puede salir mal?

La sombra vuelve siempre al mismo lugar. Espejismo.